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"Argentina: Claves del regimen K. El contexto de las elecciones presidenciales" por Mauricio Rojas

 

Hace tres años publiqué mi libro Argentina: Breve historia de un largo fracaso (Buenos Aires: Temas) en el que daba un panorama general de la historia argentina tratando de explicar sus reiterados fracasos para realizar aquel potencial de riqueza y bienestar que una pródiga naturaleza parecía asegurarle. Nada esencial ha cambiado desde entonces, sino por el contrario. Las tendencias señaladas en mi análisis no han hecho sino profundizarse. El crecimiento económico mostró, según la Cepal, un retroceso en términos per cápita tanto en 2012 (-0,1%) como en 2014 (-0.4%), la pobreza llegó a nuevos niveles alarmantes, alcanzando en 2014 al 28,7% de la población de acuerdo al Barómetro de la Deuda Social de la Universidad Católica de Argentina. Por su parte, las inversiones han caído por debajo del 20% del PIB y la inflación anual real supera el 25% (la manipulada por el régimen se ubica aproximadamente en la mitad). El precio de la canasta básica de bienes acumulaba así un alza de un 600% desde 2007. A su vez, el déficit fiscal se sitúa en torno al 7% del PIB y el empleo público se acerca a los 3,5 millones de empleados. Así se sigue ampliando la red de dependencias respecto del Estado, que es la dinámica básica de un régimen clientelístico. Hoy, más de 15 millones de argentinos dependen de sueldos o transferencias provenientes del erario público.

Es en este complejo contexto que se elegirá un nuevo Presidente en una contienda donde se juega la continuidad del fracaso o la posibilidad de al menos intentar darle un nuevo rumbo al país. Ello no será en ningún caso fácil, dadas las profundas distorsiones de la estructura económica creada durante 12 años de populismo kirchnerista y las enormes tensiones sociales de aquel país que pudiendo haber sido el más próspero de América Latina tiene hoy vergonzosas tasas de pobreza y vulnerabilidad.

A fin de que los interesados en el desarrollo y las perspectivas de la Argentina tengan algunos puntos de referencia sobre el contexto de la elección venidera reproduzco aquí el capítulo final de mi libro, donde analizo la evolución y características del régimen K (he dejado de lado los diagramas y las notas así como diversas citas y referencias que aparecen en el libro). Reproduzco también, a manera de introducción, las palabras finales de mi libro, que dan un resumen de conjunto de mi visión sobre la historia argentina. 

 

Breve historia de un largo fracaso

El célebre historiador francés Jules Michelet solía iniciar sus lecciones sobre la historia de Inglaterra diciendo: “Messieurs, l’Angleterre est une île”. Era una perogrullada, pero llena de sentido y consecuencias. La geografía y la dotación de recursos naturales de un país forman su condición básica de existencia. Argentina fue muy poco hasta que despertó la asombrosa riqueza productiva de la pampa, pero una vez que lo hizo marcó indeleblemente su destino. Era un país predestinado a ser lo que fuesen sus infinitas praderas. Pudo haber sido un país de prosperidad perdurable y una gran democracia si los colonos propietarios, al estilo de los farmers de Estados Unidos, hubiesen domeñado sus extensiones, pero en su lugar fueron los Rosas y los Anchorenas, los caudillos-estancieros y los estancieros-rentistas los que lo hicieron. Su riqueza se transformó en la gran ubre que nutrió las fortunas de la elite, pero también fue la madre de todos los vicios de la “mala política” y de las luchas redistributivas recurrentes que corromperían y fracturarían a una sociedad donde lo importante era apropiarse de la riqueza más que producirla. El apropiador –de tierras, de cargos o contratos públicos, de cuotas de un mercado nacional cautivo, de créditos baratos, de subsidios, de empresas públicas a privatizar o a explotar hasta desangrarlas completamente, de planes sociales a repartir, de ahorristas o empresas a expropiar, de los réditos directos de la corrupción y la amigocracia, etcétera–, es decir, el vivo por antonomasia, se convertiría así en el prototipo de la persona exitosa. A su vez, el productor, “el que labura noche y día como un buey”, sería visto como el arquetipo de lo menos argentino que se podía ser: el zonzo, el gil, el que vive de su trabajo y alimenta al vivo. Caricaturas dolorosas, resumidas en esa frase lapidaria de Jorge Luis Borges según la cual a un argentino “pasar por un inmoral le importa menos que pasar por un zonzo”.

La riqueza de la pampa nutrió al Estado-estancia, esa infinita fuente de aprovechamiento y corrupción cuya historia nace con el despuntar de la república y sigue hoy tan presente como siempre. Los actuales dueños del poder, tienen ya una larga historia: no son en realidad noticia sino pura reiteración. Los chicos de La Cámpora no son más que los últimos parvenues de una lista interminable de ávidos depredadores de lo público. Manejan sus parcelas de poder como sus estancias, es decir, como siempre.

Pero la abundancia de recursos pampeanos no solo fue determinante para conformar una sociedad con un fuerte sesgo rentista y un Estado plagado de corruptelas sino que también marcó, desde sus primeros momentos, el desarrollo industrial, donde la búsqueda de las rentas que dan el proteccionismo y las prebendas estatales fue la forma de los empresarios y los trabajadores industriales de participar en la lucha redistributiva. Al alero de la protección y gracias al generoso flujo agroexportador la industria argentina pudo crecer pero nunca madurar, nunca emerger de su infancia protegida a pesar de su tamaño cada vez más abultado. Se generó así una industrialización deformada y deficiente, un desarrollo industrial aberrante y, en el largo plazo, insostenible, tal como lo mostró su debacle en la década de 1980.

El siglo XX se inició con un fracaso decisivo. Después de décadas de expansión económica, urbanización acelerada e inmigración masiva era necesario crear mecanismos de cohesión y participación social y política capaces de formar una nueva identidad nacional, incluyente y generosa, abierta y tolerante. Pero la renovación política iniciada con la victoria de la Unión Cívica Radical (UCR) ni saneó la “política criolla” (sinónimo de política corrupta) ni fortaleció los mecanismos participativos. El país comenzó, ante el fracaso de la vía democrática y liberal, una deriva autoritaria claramente manifestada en el golpe militar de septiembre de 1930. Moría así una esperanza y se abría el camino hacia el renacimiento pleno del caudillismo bajo la égida de Juan Domingo Perón. La movilización popular de los grandes caudillos de la primera mitad del siglo XIX fue ahora remozada bajo formas tomadas de los grandes autoritarismos europeos. Fue, a su vez, la culminación de las luchas redistributivas por la renta de la tierra. De la voluntad de “El Conductor”, como Perón gustaba de llamarse, y la generosidad de la pampa fluyeron derechos sociales, salarios en rápido aumento, un mercado interno boyante, créditos para industriales, comida barata para las ciudades. Fue un prolongado “día peronista”, soleado e inolvidable, que terminó en un desastre económico y un inquinamento social sin par en la historia argentina.

Así surge aquel país camino hacia el desplome económico, la “guerra sucia” y el despropósito de la aventura militar en las Malvinas. Terrible destino. En esa gran lucha entre civilización y barbarie de que Domingo Faustino Sarmiento habló en su célebre Facundo (1845), había vencido la barbarie.

Desde la restauración de la democracia en 1983 Argentina ha vivido peripecias indecibles, como aquellas vinculadas a la hiperinflación o al “corralito”. Se podrá decir lo que se quiera de la historia argentina, menos que es aburrida. Por el camino surgirán nuevos caudillos, que en su insólita desfachatez y desvergüenza superarían a sus predecesores. Pero lo esencial, y lo más lamentable, es que la nueva democracia argentina se fue pervirtiendo sucesivamente, penetrada cada vez más por las lacras de la “mala política”, el clientelismo y el uso del Estado como propiedad privada de los gobernantes. Era el espíritu de la estancia que volvía a campear a sus anchas, como menemato o kirchnerato, tal vez más a la izquierda o a la derecha, pero finalmente como poder personal, ese poder de un caudillo que, como el ogro filantrópico de que nos hablaba Octavio Paz, considera el Estado como su patrimonio personal.

La democracia argentina renació cautiva, condicionada por el chantaje permanente del peronismo y sus aparatos sindicales. Luego, se transformó en la democracia pervertida del menemismo para terminar, bajo la dinastía K, transformándose en una democracia conculcada, reducida cada vez más a una caricatura tragicómica de una verdadera democracia, que asombra al mundo por sus desplantes mostrando irrefutablemente que en Argentina incluso el temor al ridículo se ha perdido.

El régimen K ha implicado no solo una vuelta al caudillismo clientelista de siempre sino a un nuevo ciclo populista de ilusión y desencanto, similar al que tantas veces se ha vivido. Es algo singular: Argentina no se renueva, se repite. El gobierno actual parece estar empeñado en volver a recorrer “la vía argentina al subdesarrollo”, aquella intentada hace más de cien años y que llevó a la formación de una economía semicerrada que necesariamente se hundió cuando su premisa esencial –un flujo extraordinario de exportaciones de origen primario– se debilitó. La diferencia es que el régimen K ha llevado el gasto público y con ello la extensión del clientelismo hasta niveles pocas veces visto. Por ello es que su base política y social es amplia y pluriclasista, pero a su vez depende, como en todo clientelismo, de la capacidad del gran patrón de dar protección, subsidios y prebendas. Cuando ello falla, falla el nervio vital de todo sistema clientelar y surgen fuertes tensiones y tendencias centrífugas.

El modelo K se encuentra en esta delicada fase y por ello debe recurrir al recurso último de todo régimen personalista en dificultades: la agitación nacionalista y los golpes de efecto como la estatización de YPF. Es una aventura menos riesgosa que aquella emprendida en 1982 por la dictadura militar y da el rédito político esperado. Pero para que su efecto se prolongue en el tiempo esta medida debe ser seguida por nuevas iniciativas efectistas, que por su propia naturaleza pueden terminar dañando seriamente la ya muy escasa capacidad argentina de atraer capitales e inversores internacionales así como su potencial exportador.

En todo caso, Argentina se está adentrando en una fase altamente riesgosa y vulnerable de su desarrollo, donde el debilitamiento del régimen se hará cada vez más patente, tal como se harán más estridentes sus intentos de frenar ese debilitamiento. En una fase así, será vital la existencia de una alternativa sólida: un liderato consistente capaz de nuclear en torno suyo aquel espíritu de civilidad y sensatez que necesariamente irá creciendo en la medida en que el kirchnerato asuma formas más contraproducentes y autoritarias de actuar. Se abrirán muchas posibilidades cuando el encanto del populismo se vaya transformando en la desilusión de una realidad que, tarde o temprano, le pasará factura a un régimen que descansa sobre unos cimientos que se harán cada vez más frágiles.

Serán momentos difíciles pero pueden también ser momentos de esperanza. Todo dependerá de la existencia de un referente distinto, trabajado pacientemente y consolidado en torno a una alternativa coherente. Será una de esas ventanas de oportunidad que se abren de vez en cuando y que permiten hacer una historia diferente a aquella que parecía predestinada a acontecer. Si así llegase a ocurrir, Argentina tendría una posibilidad romper ese síndrome del eterno retorno que la condena a revivir sus pesadillas pasadas.

 

Los nuevos caudillos

Los caudillos argentinos se han ido devaluando con el paso del tiempo. Ni el país es lo que era ni sus líderes lo son. Rosas, Perón o Evita fueron, para bien o para mal, personajes notables. De otra estirpe han sido sus sucesores, pero no por ello han dejado de influenciar profundamente el destino de la Argentina. En mayo de 2003 se abrió un nuevo ciclo de la ilusión que hoy está llegando a su fase más peligrosa, la del desencanto. Peligrosa porque el caudillo de turno puede apelar tanto a los sentimientos más burdos, como el patrioterismo, como a métodos cada vez más autoritarios, como lo hizo Perón en los años 50, para retener un poder que puede escapársele de las manos.

Néstor Kirchner edificó su poder en base a un clientelismo omnipresente, ató todos los cabos que pudo atar, y fueron muchos, al carro de la redistribución que él manejó a su antojo. Pero ello suponía “plata”, mucha plata en manos del gran dador de todos los dones. El clientelismo y el subsidio crean una exigencia apremiante de parte de quienes lo reciben: no están allí por el amor sino por el interés. Esa es la diferencia fundamental entre los grandes caudillos, que logran una significativa porción de lealtad en las buenas y en las malas, y sus réplicas de menor estatura, que saben que nadie da un peso por ellos si no poseen la llave del cuerno de la abundancia.

Kirchner probablemente no fue amado, al menos en vida, tampoco lo sería su sucesora. Después de todo, “Evita hay una sola”. Pero ambos pudieron dar, durante largo tiempo, lo que se esperaba de ellos: subsidios, empleos y consumo. La sostenibilidad de todo ello importó poco hasta que empezó a ser evidente que los generosos ríos de leche y miel empezaban a adelgazar. Tampoco pareció importar mucho el cómo se gobernaba. Sobre ello se ha escrito mucho, y mucho más se escribirá cuando los Kirchner ya sean solo un recuerdo y todos se lancen sobre ellos como se lanzaron sobre Menem. Se podrían llenar, fácilmente, muchas páginas contando las minucias del uso del poder bajo el kirchnerato, pero no sería novedoso ni aportaría nada esencial a la comprensión del régimen. Después de todo, lo que parece diferenciar un gobierno argentino de otro no acostumbra a ser el que uno sea honesto y el otro no, y podemos asumir que, tal como la energía en el universo, la suma de la corrupción es constante en la Argentina.

Sin embargo, es menester hacer al menos una acotación en el terreno de lo escabroso, ya que tiene importancia para los análisis que se harán a continuación. En una medida sin precedentes el gobierno de Kirchner intervino el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) a comienzos de 2007. El objetivo primario de esta operación era manipular el índice de precios al consumidor, que sirve, entre otras cosas, para ajustar el monto y con ello el costo de la deuda pública indexada. Así, la diferencia acumulada entre el índice manipulado y el real desde comienzos de 2007 a inicios de 2012 ha sido estimada por la agencia financiera PriceStats en más de dos veces, 44% contra 137%.

La manipulación del índice de precios tiene vastas consecuencias. Permite, por ejemplo, inflar los “éxitos” del gobierno haciendo aumentar ficticiamente el PIB. El caso de la pobreza es muy ilustrativo sobre los efectos de la manipulación K. Hacia fines de 2010 la estadística manipulaba hacía desaparecer entre 4,3 y 6,3 millones de pobres en comparación con los datos entregados por fuentes imparciales. Esto se lograba estableciendo precios ilusorios para los productos que formaban la canasta básica de consumo de la población argentina.

Esta distorsión y la inseguridad sobre la cifras reales del desempeño argentino que ello genera debe ser tomado en cuenta en lo que sigue ya que, a falta de alternativas, en muchos casos se usaran las cifras del INDEC kirchnerista con todo lo que ello implica.

 

El hombre y sus circunstancias

De pocos se puede, como de Néstor Kirchner, decir con tal certeza que era “the right man in the right place at the right time”. El hombre y sus circunstancias coincidieron de una manera muy afortunada (sobre todo para “el hombre”). Ambos pusieron, como veremos, lo suyo. Detengámonos primero en las circunstancias, comenzando por aquellas de carácter económico para luego pasar a las de índole socio-político.

El 15 de julio de 2008, en un discurso en Buenos Aires, Néstor Kirchner hacía memoria: “Todavía recuerdo aquel 25 de mayo de 2003 cuando nos dejaron la Argentina prendida fuego, y tuvimos que sacar el pecho para levantar la patria con coraje, con fuerza y con amor.” Esta versión mesiánica de su llegada al poder –dándole vuelta a una situación imposible– ha sido repetida incansablemente: “Kirchner sacó a la Argentina del pozo”, diría Lula, el ex canciller Jorge Taiana lo recordó como “el hombre que sacó a la Argentina de la crisis más profunda de los últimos cien años”, el actual Jefe de Gabinete del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, Aníbal Fernández, no pudo contenerse y dijo simplemente “Néstor sacó al país de la mierda”, etc.

Esta forma de plantear las cosas es parte del mito redentor de ÉL, pero la verdad de lo ocurrido es bastante distinta. Cuando Néstor Kirchner llegó el poder, en mayo de 2003, Argentina había ya entrado en una fase de fuerte recuperación económica: su PIB, su industria manufacturera y sus exportaciones crecían de manera rápida, mientras que el desempleo se contraía en más de una cuarta parte de mayo de 2002 a mayo de 2003 y la pobreza comenzaba a reducirse. En otras palabras: no fue Kirchner que levantó a la Argentina, sino la Argentina la que levantó a Kirchner, brindándole una oportunidad única de brillar con una luz que, en realidad, no era propia. Esto, por cierto, no quita eventuales méritos posteriores, pero le da al César lo que es del César y a ÉL lo que es de ÉL.

La fuerte recuperación económica tuvo como base una serie de procesos que tomaron forma durante 2002 y comienzos de 2003. Estos procesos tienen mucho que ver con la caída de las remuneraciones reales y, sobre todo, con la violenta devaluación del peso que la salida del régimen de convertibilidad trajo consigo. Entre el cuarto trimestre de 2001 y el segundo de 2002 el peso perdía casi dos terceras partes de su valor frente al dólar. El efecto inicial, en un ambiente de caos generalizado, fue una gran contracción del circulante, la inversión y la actividad interna. El desempleo y la pobreza crecieron exponencialmente, pero ya desde mediados de 2002 se notó un cambio de signo que se aceleraría en los meses siguientes. La devaluación había hecho más atractivo adquirir pesos y una vez pasado el pánico inicial se fue produciendo una pesificación sucesiva de una parte de los dólares que habían sido acumulados –especialmente en el exterior– como seguro frente a la inestabilidad y como resultado de un tipo de cambio peso-dólar evidentemente irreal. Esta conversión de dólares en pesos y una situación menos caótica llevó a un aumento de la masa de circulante y de la demanda interna, una parte de la cual se canalizó hacia el sector de la construcción y las inversiones industriales. Estas inversiones se veían también atraídas por la caída de los costos de producción asociados al menor precio de la fuerza de trabajo.

El efecto conjunto de la devaluación y la caída de las remuneraciones fue una mayor competitividad de la producción interna frente a los productos importados lo que, sumado al aumento del consumo, condujo a una primera reactivación de los sectores productivos, con mayores inversiones y una significativa reducción del desempleo ya durante la segunda mitad de 2002. El sector industrial mostró la recuperación más rápida, comenzando a crecer ya el último trimestre de 2002 y recuperándose espectacularmente el primer trimestre de 2003. Todo esto llevó, a su vez, a una mayor expansión del mercado interno y la reducción, lenta pero clara, de la pobreza. Se generó así un círculo virtuoso reforzado por el incremento de las exportaciones, que reflejaba tanto los drásticos cambios de la relación de costos de la producción argentina respecto de los de sus competidores como una demanda en fuerte aumento.

Esta última fue una circunstancia de vital importancia para el nuevo mandatario, que no administraría un país en caída libre sino uno en rápida recuperación. Pero a ello se sumó un cambio de enorme trascendencia en la economía global asociado, entre otras cosas, al auge económico de China y otras naciones asiáticas que tuvo un gran impacto dinamizador en toda América del Sur. Esto hizo posible el cambio más evidente y afortunado del gobierno Kirchner frente a las circunstancias de sus predecesores, creando la base que le permitiría lanzarse en una carrera notable de aumento del gasto público. Desde 2003 las exportaciones argentinas experimentan un auge espectacular, producto de un incremento tanto del volumen como del precio de las mismas. Así, el valor de las exportaciones se multiplicó casi 3,4 veces entre 2002 y 2011. Para encontrar aumentos semejantes hay que remitirse a los mejores períodos exportadores previos a la Primera Guerra Mundial. El resultado del período 2003-2011 supera en 300 mil millones de dólares a lo que se hubiese obtenido si el valor de las exportaciones hubiese continuado al nivel del promedio anual de 1995-2002. Además, debido al desempeño positivo de los términos del intercambio, los ingresos de las exportaciones pudieron traducirse en más productos importados de lo que comparativamente era posible adquirir previamente.

Con parte de estos y otros ingresos, captados por el Estado mediante diversas formas de tributación, se pudo financiar una expansión sin precedentes del gasto público, que pasó del 29,4% del PIB en 2003 al 43,2% en 2009 y que, partiendo de las estimaciones del FMI, habría llegado en 2011 al 45,5%. Esto implica que el gasto público se ha triplicado de 2003 a 2011 en pesos de valor constante. Con ello se pudo montar un amplísimo sistema de subsidios a la producción y al consumo, que fue cubriendo el tejido de la sociedad argentina hasta llegar a una forma de clientelismo omnipresente, verdadero sueño de todo caudillo.

Pero las condiciones propicias iban más allá de una coyuntura ascendente y una demanda exterior inusualmente dinámica. Para que todo ello resultase en una expansión duradera de la producción argentina se requería de un aparato productivo en condiciones de hacerlo, y en ello Kirchner también tuvo suerte.

Se trata de esa parte de la herencia del tan denostado Menem que quedó plasmada en una economía saneada de algunos de sus peores males y en gran parte modernizada. El costo de esta transformación había sido brutal en muchos sentidos, pero allí estaban los resultados que le permitieron a Kirchner contar con un sólido motor de crecimiento tanto en lo que se refiere a la industria nacional como a su sector agroexportador. Se trata, en realidad, de algo obvio, aunque en pleno contraste con la demagogia acerca de una ruptura total entre la fase kirchnerista y la menemista.

En buenas cuentas, el kirchnerato no hará sino recuperar la senda de crecimiento ya iniciada en los buenos años del menemato, pero contando con condiciones decisivamente más propicias. Sin embargo, su sistema clientelar y la vuelta a muchos de los malos hábitos del pasado irían paulatinamente debilitando las bases de largo plazo del crecimiento. Esto se detecta claramente en el lento desarrollo de la productividad laboral, propio de una economía cada vez más protegida y, por ello, con decrecientes niveles de presión competitiva. Así por ejemplo, el ritmo de crecimiento de la productividad laboral industrial se reduciría entre 2003 y 2010 casi a la mitad de lo que había sido entre 1991 y 1998.

Fuera del terreno económico, Kirchner se encontró con dos circunstancias estrechamente interrelacionadas entre sí que jugaron decisivamente a su favor. La primera fue el estado deslegitimado, fragmentado y anémico del peronismo, condición que compartía con el conjunto de la clase política argentina. De hecho, el gran partido de antes ya no existía como tal, sino que se había convertido en una federación de caciques locales con sus mafias, sus clientelas y sus ideas particulares acerca de lo que el peronismo era o debería ser. El mismo Kirchner, en un libro de conversaciones con Torcuato Di Tella publicado en 2003, lo dijo con mucha claridad, definiendo al Partido Justicialista como “una inmensa confederación de partidos provinciales con liderazgos territoriales muy definidos”, compuesta de “corrientes abiertamente contradictorias, excluyentes” o, en suma, “un partido vaciado de contenido, sin ideas”. Ya antes había sido aún más crudo sobre su movimiento en una entrevista en el diario Página 12: “en el peronismo… sé que hay un aparataje muy grande, hay mucha plata, clientelismo, les importan poco las propuestas, los proyectos. Hoy en día el pero­nismo dejó de representar a los que representaba, los usa […]. Ya no hay cuadros militantes: tienen gerentes y clientes”.

Ese movimiento fragmentado y debilitado esperaba, como tantos otros, un redentor que lo recompusiese y le diera de nuevo pleno acceso a las ubres del Estado. Sin duda que sus mafias locales podían hacerle la vida difícil a cualquier gobernante (como lo mostraron a gran escala con Alfonsín, pero también, aunque ya con mucho menor fuerza, con De la Rúa), pero no era mucho lo que podían imponer desde la posición de debilidad en que estaban. Lo mismo ocurría con el sindicalismo peronista, esa arma un día tan devastadora que ahora se encontraba en el fondo de un profundo abismo por su vergonzosa colaboración con Menem (y antes con los militares), sus negociados escandalosos y su patoterismo ya proverbial. Todo esto le abrió a Kirchner un gran espacio de maniobra y autonomía, pudiendo hábilmente ampliar sus apoyos, alianzas e interlocutores. Desde el inicio definió su proyecto de manera personalista, rebasando y subordinando al debilitado justicialismo pero sin romper con él. Nació así el kirchnerismo.  

La debilidad del peronismo tenía un fondo social profundo, que será el fundamento de la segunda circunstancia de carácter político-social a que es menester aludir. Las transformaciones que la Argentina venía viviendo desde los años 80 habían desarticulado gran parte de su viejo entramado económico-social, dando origen a sectores sociales marginalizados o empobrecidos que ya no oteaban un futuro de integración y movilidad social ascendente, como había sido característico en la Argentina, sino de destitución permanente. De ellos surgieron movimientos sociales en los que el peronismo, afincado en el viejo movimiento sindical y en sus clientelas tradicionales, tenía poca influencia. Estos movimientos, agrupados bajo el nombre de piqueteros, ganaron gran presencia desde la segunda mitad de los 90 y reforzaron claramente su posición al ser reconocidos, desde fines de los 90, como mediadores de las ayudas sociales (“planes sociales”). Surgió así una fuerza “sin dueño político”, autónoma y rebelde, deseosa de ampliar su rol mediador de las dádivas públicas pero igualmente deseosa de mantener su independencia y su capacidad de movilización local autónoma que era la base de su creciente poder. Estos sectores actuaban no solo fuera del marco peronista sino que rivalizaban con los “punteros” u operadores justicialistas en base a métodos, formas de asociación y un ideario que estos no controlaban ni compartían.

Este nuevo espíritu es bastante distinto del clientelismo tradicional que encontró en el peronismo su expresión más acabada. Se trata, en realidad, de una vuelta al caudillismo más insurgente y caótico de la primera mitad del siglo XIX. Los líderes locales reúnen ahora a “la poblada”, como antes los caudillos rurales reunían al gauchaje, para llevarla a la lucha en forma de marchas, cortes de vías y enfrentamientos. Con ello se ganan su derecho a la redistribución, como antes al botín. Son corajudos y lo ponen todo en juego, llevan el aire de los Martín Fierro y no se subordinan fácilmente. En todo caso, están siempre dispuestos, al menos esa es la amenaza vital sin la cual se derrumban, a marchar de nuevo, contra quien sea que prometa y no cumpla.

Dentro del sindicalismo se dio un proceso parecido desde mediados de los 90, fortaleciéndose paulatinamente las agrupaciones sindicales no peronistas, como la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA), y dentro de la Confederación General del Trabajo (CGT) peronista las corrientes más militantes en clara oposición a las cúpulas mayoritarias que sostuvieron a Menem y participaron de sus negociados. El caso más importante en este sentido es el de Hugo Moyano, dirigente histórico del gremio de los camioneros y con una larga historia dentro del Partido Justicialista. Moyano encabezó en los 90 una tendencia disidente dentro de la CGT –el Movimiento de Trabajadores Argentinos (MTA)–, con la cual rompe definitivamente el año 2000 formando la “CGT Rebelde”. Sus métodos lo acercan claramente al piqueterismo, a la vez que su consabido patoterismo y sus dudosas actuaciones lo aproximan al peor peronismo. En todo caso, cuando Kirchner llega al gobierno en 2003 Moyano aparece con un actor ideal para neutralizar a los viejos y debilitados centros de poder del sindicalismo peronista tradicional. Ambos buscaban el poder y se encontraron en el momento justo. Pero Moyano también era de esa estirpe rebelde y peleona que puede transformarse, igual que los piqueteros menos manipulables, en un obstáculo para las ambiciones de poder absoluto que los Kirchner encarnaban.

Esta constelación de fuerzas, caracterizada por una gran debilidad del establishment político-sindical y el surgimiento de nuevos movimientos y lideratos, le brindó a Kirchner una oportunidad privilegiada para imponer su liderato personal buscando aliados útiles en distintos frentes y evitando subordinarse a ninguno de ellos. La sociedad argentina estaba profundamente debilitada, incluidas por cierto sus clases medias empobrecidas y sus sectores industriales golpeados por la recesión. Allí estaba esa “ventana de oportunidad” que permitiría a un personaje bastante periférico llegar a ser El Dueño. Pero para ello se requería de una gran habilidad política y Kirchner la tuvo de sobra.

 

La fundación del kirchnerato

El salto de Néstor Kirchner de gobernador de la alejada Provincia de Santa Cruz a Presidente de la nación fue realmente espectacular y sorprendente, y solo se explica en el marco de un peronismo no solo debilitado y fragmentado sino atravesado por rivalidades irreconciliables entre sus grandes caudillos. La rivalidad más dura era la que se daba entre el ex Presidente Menem y el Presidente saliente, Eduardo Duhalde, que era el líder omnímodo de la organización peronista de lejos más poderosa, la de la Provincia de Buenos Aires. Después de sondear otros posibles candidatos antimenemistas de más renombre, a Duhalde solo le quedo la carta del “hombre del sur” y el 15 de enero de 2003 proclamó, seguro de la eficacia de su maquinaria electoral, que “el próximo Presidente va a ser Néstor Kirchner”. Sin este apoyo, Kirchner no hubiese tenido posibilidad alguna de llegar a ser Presidente de la Argentina y lo selló prometiendo la continuidad con el gobierno de Duhalde, concretada en el compromiso, sin duda muy afortunado, de mantener en su cargo al influyente ministro de economía de Duhalde, Roberto Lavagna (que efectivamente permanecería en su cargo hasta noviembre de 2005), que estaba pilotando la recuperación ya claramente en marcha de la economía argentina.

El antimenemismo continuó siendo la gran basa de Kirchner durante su campaña y también después. No eran muchos los que en realidad se preocupaban de lo que dijese Kirchner, que los más veían simplemente como “el Chirolita de Duhalde”, aludiendo al conocido muñeco del ventrílocuo Ricardo Gamero (Mister Chasman). Su campaña fue vaga y anodina en cuanto a los contenidos, pero tenía un blanco claro: Menem y su falta de seriedad. Parecía, ante todo, una clásica campaña del Partido Radical, donde más que presentar un programa se hacía un llamado a la seriedad. Sus slogans durante la campaña son evidentes al respecto. “Un país en serio”, primero; luego: “Kirchner sabe cómo hacer un país en serio”; luego una serie de en serios: “En un país en serio crecer sano es un derecho", "En un país en serio el hambre no existe”, "En un país en serio estudiar es la base del futuro", etc.; finalmente, llamados directos a no votar por Menem: “Al pasado ganale en la primera vuelta” o “Si no querés que gane Menem, no le des la oportunidad”. En suma, nada definido aunque la misma oposición a Menem evocaba vagamente un programa peronista más clásico: más nacionalismo (“Argentina primero” fue otro eslogan), más Estado, más preocupación por los humildes. Nadie se imaginaba, en todo caso, que a los pocos meses “Chirolita-Kirchner” se transmutaría en “el Zorro de la Patagonia” o “Súper K”.

La recuperación económica fue la base de todo y al respecto Kirchner no necesitaba hacer mucho fuera de mantener los lineamientos de Lavagna sosteniendo –mediante una fuerte participación del Banco Central en el comercio de divisas– un tipo de cambio peso-dólar que no desestimulase la producción interna. Ello le brindó una garantía de éxito sin igual, ya que cada mejora subsiguiente sería abonada a su cuenta personal. Además, le dio los recursos necesarios para poder diseñar una amplia política de alianzas y clientelas que desbordaría los marcos del accionar peronista tradicional y llevaría, claramente, su sello. Junto a ello, tomó rápidamente una serie de decisiones en materia de derechos humanos y limpieza del sistema policial-judicial que le granjearon gran simpatía, como descabezar a la cúpula militar y recibir a las Madres de Plaza de Mayo. De especial significación serían la anulación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida que protegían a los responsables militares de muchas de las atrocidades de la guerra sucia así como su insistencia en “no criminalizar el conflicto social”, como eje de su estrategia de ganarse el apoyo de al menos una parte del movimiento piquetero.

La clave y el signo del accionar de Kirchner fue su marcado personalismo, manifestado, por una parte, en su forma discrecional de gobernar recurriendo a los “decretos de necesidad y urgencia” y, por otra, en la creación de una amplia red redistributiva que lo convertía en el gran patrón de la sociedad argentina. A ello le sumó una inteligente política de cooptación de figuras destacadas de los movimientos pro derechos humanos y, no menos, del piqueterismo, así como su apuesta por la reunificación de la CGT bajo el mando de “su hombre”, Hugo Moyano. Se trataba, una vez más del típico método peronista de la zanahoria y el garrote: recompensas generosas para quienes se sumasen al carro del poder y exclusión o, en caso de ser necesaria, represión para el resto.

La forma personalista y autoritaria era un rasgo ya conocido, desde los tiempos de su larga gestión como gobernador de Santa Cruz, del “método K” de ejercer el poder. Ahora, el “decretismo” fue justificado haciendo referencia a la situación de emergencia económico-social del país. Ello le permitió a Kirchner ser “el dueño” de la política y marginar al Congreso, a pesar de tener una mayoría favorable en ambas cámaras. En todo caso, ello no era nada nuevo en política argentina y marca una de las líneas de continuidad más evidentes entre Kirchner y sus antecesores.

Esta forma personalista de gobernar era el medio para lograr un fin muy preciso: transformarse en el demiurgo de una impresionante telaraña de clientelas, subsidios y dependencias. Era el “Sistema K” o el clientelismo polimorfo. En este sentido, ampliar el rol del Estado y sus intervenciones no era lo fundamental. Kirchner no perseguía un norte ideológico determinado, sino uno mucho más pedestre y simple: ampliar su poder mediante el Estado. Más que inspirado por la socialdemocracia, como dicen sus acólitos, estaba inspirado por la autocracia: no estaba fundando un Estado del bienestar sino un “Estado K”.

La red clientelar y de subsidios apuntó a generar tanto la dependencia como el apoyo de sectores sociales muy diversos, desde los piqueteros que aumentaban su poder local como distribuidores de los planes sociales hasta los representantes del empresariado nacional que veían, al fin, la posibilidad de retornar al viejo capitalismo fácil de la protección y la prebenda.

Esta forma de construir su hegemonía tenía problemas importantes que se revelarían con el tiempo, sobre todo bajo la presidencia de Cristina Fernández. Uno de ellos era el excesivo poder que podían cobrar los ungidos por el Presidente, llegando a sentirse más cogobernantes que súbditos. Otro era la tensión tanto entre distintos intermediarios de los subsidios como con aquellos más o menos excluidos de la repartija. Esto agitaba siempre el fantasma o la realidad de la movilización piquetera y del piqueterismo sindical como medio de presión o de “chantaje” y “extorsión”, como dijo Cristina Fernández al asumir su segundo mandato en una clara alusión a los métodos de Hugo Moyano. Luego estaba el recurso de otros sectores sociales al piqueterismo, tal como lo mostraron los agricultores en 2008, poniendo así en evidencia la peligrosidad del reconocimiento oficial de la acción directa como medio privilegiado de reivindicación e intervención política. Por último, estaba la frágil esencia de todo el sistema: el régimen del subsidio solo subsiste mientras los subsidios fluyan con abundancia siempre mayor, lo que implica inflar constantemente el gasto público para poder dar más a más. Los subsidios, tal como las alzas salariales o las prebendas, muestran una incómoda tendencia a parecer insuficientes apenas son concedidos o conquistados: siempre se puede recibir muchos más y las necesidades insatisfechas se multiplican con una rapidez notable especialmente cuando se supone que hay un dador que tiene un poder mágico de generar riqueza a fuerza de voluntad. Para que ello pueda durar se requieren circunstancias muy excepcionales y cuando los recursos escasean y la fiesta se acaba surge la frustración y el desengaño, la protesta y la desafección. Este es el destino natural de los regímenes persona-listas, donde el detentador del poder es, por definición, la fuente exclusiva de todos bienes o de todos los males. 

 

El sistema K

No es del caso seguir aquí los detalles de la gestión kirchnerista, ni tampoco profundizar en los matices que diferencian la gestión de Néstor Kirchner de aquella de su esposa, Cristina Fernández de Kirchner. Poco nuevo aprenderíamos de esta manera sobre los males endémicos de la Argentina. Más interesante e importante para el futuro es concentrarse en el impacto de la gestión de ambos Kirchner sobre el desarrollo del país. Como ya se ha dicho, el kirchnerato –en su versión NK o CFK– tiene su eje y su soporte fundamental en la rápida expansión del gasto público, lo que le permite constituir al Estado, gestionado discrecional y personalistamente, en un gran centro redistributivo del cual manan planes sociales, pensiones, subsidios alimentarios, asignaciones por hijo, programas de vivienda, transferencias directas y préstamos subsidiados a empresas, tratamientos tributarios preferenciales, subsidios a los productores o consumidores del sector energético y de los transportes, aumentos salariales, paquetes de ayuda técnica, contratos y empleos públicos, etc.

La enorme expansión del gasto público es el hecho clave del kirchnerato. El aumento de este gasto en relación al PIB fue de 14,5 puntos porcentuales (o un 50,5%) entre 2004 y 2009 y la expansión en pesos de valor constante fue de casi tres veces entre 2002 y 2009 (en moneda corriente se quintuplicó). Para sostener un incremento tan notable del gasto fiscal fue necesaria una búsqueda cada vez más apremiante de recursos adicionales, tal como se manifestó en las subas de retenciones a las exportaciones agrarias de 2007 y en el intento fallido de fijar retenciones móviles a las misma en marzo de 2008; o también en la expropiación de los fondos de las Administradoras de Fondos de Jubilaciones y Pensiones (AFJP; 29.300 millones de dólares) en octubre de 2008 o en la “ley de blanqueo” en diciembre de ese mismo año; o en el canje de la deuda pública de 2010; o el uso discrecional de los recursos y la capacidad emisora del Banco Central, que llevó a la renuncia de su presidente y que fue consagrado en la reforma de su Carta Orgánica a comienzos de 2012. A su vez, el nivel de gasto alcanzado ya en 2009 es tan extraordinario que hace muy difícil aumentarlo aún más y genera una gran vulnerabilidad fiscal ante cualquier circunstancia que afecte negativamente la capacidad recaudatoria del Estado argentino. Esto se puso de manifiesto ya durante el primer mandato de Cristina Fernández, pero cobró mucha mayor visibilidad desde el inicio de su segundo mandato en diciembre de 2011.

Ahora bien, la expansión del gasto público no ha sido homogénea. La participación del gasto social ha tendido a disminuir algo en relación tanto a los primeros años del kirchnerato como a los años de Menem. Así, el promedio 2006-09 fue de 63,6%, mientras que de 2003 a 2005 fue de 66,1% y entre 1994 y 1998 había sido de 65,4%. Esto se debe al debilitamiento relativo de las partidas esenciales del gasto social, como ser educación, salud y previsión social, que caen del 54,1% del gasto público en 1994-98 al 50,6% en 2005-2009. El debilitamiento relativo de estas partidas ha tenido como contrapartida el rápido fortalecimiento de los subsidios de carácter netamente asistencial y, sobre todo, de los subsidios a la producción y el consumo, los que pasan del 7,7% del PIB en 1994-98 al 12,9% en 2005-09. Una parte importante de estos subsidios está destinada a financiar los  crecientes déficits de las empresas públicas (como Aerolíneas Argentinas, cuyas pérdidas diarias se estiman en millones de dólares).

Esta notable expansión del gasto público en general y del gasto en subsidios y asistencialismo en particular ha ido acompañada de otra fuente de dependencia aún más directa respecto del Estado. Se trata del empleo público, herramienta clásica del clientelismo político argentino con consecuencias letales para la eficiencia del sector público y, muy señaladamente, de las empresas que el mismo gestiona. En este sentido, el empleo público no solo se ha expandido con fuerza sino que a partir de mediados de 2008 ha pasado a ser el sector más dinámico en generación de empleo. En un informe de SEL Consultores se constata que entre el primer semestre de 2008 y el primero de 2011 el empleo público creció con un 18,4%, mientras que el privado lo hacía con apenas 5,4%. Ahora bien, dentro de la expansión general del empleo público destacan especialmente, recordándonos una triste y larga tradición, los bancos y las empresas públicas así como las administraciones provinciales y las municipales. Así, de 2007 a 2011 el empleo público en general creció un 25,3% mientras que las municipalidades aumentaron su empleo en un 30%, las provincias 32,4%, las empresas públicas 67,1% y los bancos nacionales 80,5%.

Otro componente esencial en la creación de la red kirchnerista de favores y dependencias ha sido el desarrollo de una amplia gama de intervenciones proteccionistas, que va retrotrayendo a la Argentina a aquella maraña de regulaciones que un día la condenaron al atraso productivo. De esta manera se está volviendo a aquel tipo de economía semicerrada que ya hemos analizado, con un sector industrial que se refugia en un mercado nacional cada vez más cautivo, generando así una dependencia estructural de las exportaciones del sector primario y una enorme vulnerabilidad ante las fluctuaciones que suelen afectar a estas exportaciones. Según un análisis realizado por el Latin Business Chronicle  en 2012 –basado a los datos del Global Trade Alert del Center for Economic Policy Research– Argentina era el campeón mundial del proteccionismo, con 191 medidas proteccionistas en vigor, lo que supera el total de medidas del resto de América Latina (170). El contraste con Chile –con 2 medidas proteccionistas– no podría ser más claro, ilustrando dos modelos muy diferentes de desarrollo.

De esta manera se ha ido construyendo la amplia red clientelar del kirchnerato. Sus tentáculos han llegado a una multiplicidad notable de lugares, haciendo casi omnipresente la mano generosa o amenazante del “ogro filantrópico”. Veamos ahora el desempeño del sistema K.

 

El ciclo K de la ilusión y el desencanto

Argentina ha pasado por muchos ciclos de ilusión y desencanto. Su duración y pormenores han dependido de una serie de factores de carácter interno y externo. Los desequilibrios creados por el aumento desmedido del gasto público, los salarios y la demanda interior se han conjugado con problemas de balanza comercial y de pagos. Finalmente, como ocurrió con Perón en 1952, se ha debido recurrir a medidas de ajuste y austeridad, tratando de frenar la presión presupuestaria así como el incremento de los salarios (y las pensiones), el consumo interno y las importaciones, a fin de moderar la escalada inflacionaria y de costos que debilita la competitividad de la producción interna y crea un horizonte de devaluación y, por ello, de fuga de capitales. Justamente en ello está la Argentina de hoy y la ilusión del crecimiento sin fin se terminará, antes o después, trocado en el desencanto de los años donde hay que apretarse el cinturón. No es por ello casual que la Presidenta se lance en una escalada nacionalista, buscando la fuerza cohesionadora del patriotismo como antídoto a la previsible pérdida de popularidad y al incremento de la conflictividad social que la etapa ya iniciada necesariamente trae consigo. Este fin de fiesta era algo esperado en la medida en que el “modelo K” estaba acumulando tensiones y mostrando síntomas de agotamiento desde hace ya algunos años. Pero antes de profundizar en sus dificultades actuales intentemos hacer una evaluación del desempeño económico del “modelo” desde 2003 en adelante.

Evaluar el funcionamiento económico de Argentina es algo, como ya se indicó, bastante difícil en función de la inseguridad existente sobre la estadística oficial. La tasa de crecimiento del PIB, por ejemplo, adolece de una sobreestimación anual que puede ser estimada en un 15% o más. En todo caso, hasta 2005 se puede hablar de un “efecto rebote”, es decir, de recuperación de los niveles ya alcanzados en 1998. De allí en adelante se inicia un ciclo de crecimiento, que se ve puntualmente interrumpido por los efectos de la crisis de 2009. Se trata de una progresión aparentemente homogénea, lo que sugeriría una continuidad tanto de las fuerzas que la impulsan como de sus características. Esto es así en parte, pero también se detectan una disminución en el ritmo de crecimiento (independientemente de la estimación que se use) y una serie de otros cambios, lo que nos lleva a la conclusión de que, en realidad, existen dos fases bien distintas detrás de la aparente continuidad. Empecemos, sin embargo, por los elementos de continuidad para luego detenernos en los de discontinuidad.

La continuidad más evidente se refiere a la fuerte expansión del gasto fiscal. Sin embargo, es evidente que desde el año 2007 existe una aceleración notable de ese incremento, cuando el gasto da un salto del 32,6% del PIB en 2006 al 36% el año siguiente. Sobre ello volveremos luego ya que constituye una parte esencial del paso, en torno a 2007, a un nuevo “régimen de crecimiento”. La segunda continuidad está dada por el dinamismo del sector exportador. Una tercera continuidad, de la que hasta ahora no se ha hablado, es el debilitamiento progresivo de la presencia de la industria manufacturera y la fuerte “primarización” de la economía argentina, cosa que contradice de plano la retórica oficialista sobre una creciente “reindustrialización” del país. Así, el peso del sector industrial en el PIB argentino disminuirá casi sin interrupción de 2003 a 2011, pasando de un 22,5 a un 18,9%.

Este desarrollo del sector industrial contrasta con el cambio más significativo que separa el período kirchnerista del menemista: el extraordinario aumento del peso relativo de los sectores primarios (sector agropecuario, que representa en torno a las tres cuartas partes de la producción primaria, más pesca y explotación de minas y canteras) que, exceptuando el año de crisis 2009, nunca han bajado del 12% del PIB entre 2003 y 2011, lo que es alrededor del doble de su peso en los años 90.

La tercera continuidad se refiere al desempleo, que cae persistentemente a excepción de 2009, y la distribución del ingreso, que se hace más pareja. Estas dos variables están íntimamente relacionadas entre sí, siendo la caída del desempleo el motor fundamental de una distribución más igualitaria del ingreso. Ello es complementado por el descenso simultáneo del subempleo y del nivel de informalidad del trabajo. A ello hay que sumarle el efecto de las políticas de redistribución, las que en el caso de los excluidos del mercado laboral pueden cumplir una función significativa. Pero a este respecto se debe notar que desde 2007-08 se pasa de una rápida caída del desempleo y de la desigualdad a una evolución mucho más lenta en ambos aspectos.

Con ello podemos pasar a analizar algunos indicadores que señalan un cambio de ciclo, de una fase de crecimiento fácil, mezcla de recuperación y expansión, con abundante creación de empleo y rápida disminución de la pobreza, a una mucho más compleja, donde el crecimiento se ralentiza y las intervenciones estatales se hacen cada vez más vitales tanto en lo económico como en la creación de empleo y en el plano redistributivo.

Fuera de los datos recién aportados en este sentido, se debe recordar lo que anteriormente se dijo sobre el drástico cambio en la generación de empleo, que pasa a ser liderada, desde el primer semestre de 2008, por un sector público en fuerte expansión. La explosión del gasto público a partir de 2007 debe también ser recordada, ya que se trata del paso a una fase de crecimiento donde el Estado se transforma en protagonista vital. Esto queda bien reflejado en el aumento extraordinario del gasto público en relación al PIB, que en tres años (2006-2009) aumenta en 11,6 puntos porcentuales.

Ahora bien, el crecimiento económico y sus características tienen mucho que ver con la evolución de la tasa de inversión que es su fundamento más sólido. Esto es especialmente así cuando se supera la fase de recuperación después de una crisis, que basa una parte significativa de sus logros en la utilización de la capacidad ya instalada del aparato productivo existente. En el caso argentino, la recuperación tuvo dos motores importantes: la capacidad instalada ociosa y un notable aumento de la tasa de inversión, que se hizo presente ya a fines de 2002. Ahora bien, con el agotamiento del uso de la capacidad de producción instalada, en torno a 2005-06, la tasa de inversión pasa a ser el motor determinante del crecimiento, pero desde el 2008 en adelante se interrumpe su ascenso (que alcanzó su nivel máximo en 2007 con un equivalente al 24,2% del PIB), para ubicarse en niveles en torno al 20%.

El agotamiento del efecto recuperación y el estancamiento en la tasa de inversión ha tenido un fuerte impacto negativo sobre la creación de empleo, particularmente en el sector privado. De hecho, de 2003 a 2007 el empleo creció 16,6%, mientras que de 2007 a 2010 solo lo hizo con un 4,1%. Esto tuvo un impacto directo sobre los sectores más vulnerables de la sociedad argentina, cuya tasa de empleo en 2010 era apenas superior a la de un año todavía tan marcado por la crisis como 2003: 52,2% en 2010 contra 51,4% en 2003. Más aún, entre estos sectores se observa un marcado descenso de la tasa de población activa, que contrasta con lo ocurrido entre los sectores medios y altos de la sociedad. Esta caída, que equivale a nada menos que 5,1 puntos porcentuales entre 2003 y 2010, es la prueba más patente de las consecuencias destructivas del modelo kirchnerista-clientelista de apoyo a los sectores más pobres de la población: de hecho ha estado destruyendo su potencial laboral y con ello condenándolos a una creciente exclusión definitiva del mercado de trabajo y una dependencia permanente de las dádivas estatales. En suma, eterniza la relación patrón-cliente básica de todo caudillismo.

Esta fuerte disminución de la población activa hace, además, que la caída de la tasa de desempleo entre “los humildes” sea, en lo fundamental, una pura ilusión estadística. Esto es lo que, más allá de la retórica, representa el populismo para aquellos sectores sociales al servicio de los cuales pretende gobernar. Esta evolución se refleja claramente en la tasa de pobreza, que según todos los observadores independientes se mantiene en torno o por sobre el 20%, mostrando incluso tendencias a subir a partir de 2007-08.

 

¿Fin de fiesta?

La fase cada vez más problemática del “modelo K”, abierta en torno a 2007, ha implicado una acumulación notable de tensiones propias de la deriva populista ya iniciada con anterioridad: aumentos insostenibles de salarios, subsidios, beneficios sociales y del gasto público, lo que a su vez ha desencadenado una fuerte inflación negada oficialmente pero con evidentes efectos desestabilizadores. El efecto protector de la devaluación del peso en 2002 para con la producción nacional se diluye de esta manera y la presión de los costos se hace sensible, lo que obliga a incrementar el proteccionismo a fin de mantener a flote una industria nacional cada vez más vulnerable. También tiende a deteriorarse la balanza comercial, lo que lleva a una política de restricciones a las importaciones cada vez más digna del mundo del “realismo mágico”, tal como lo mostró el ejemplo insuperablemente chabacano de intentar prohibir la importación de libros aludiendo razones médicas. Finalmente, llega el momento de frenar la expansión fiscal, moderar la emisión monetaria inflacionista, contener los incrementos salariales y recortar los subsidios. Y allí estamos, como Perón el año 52.

Al mismo tiempo, se intensifican las luchas redistributivas, cosa que siempre ocurre cuando el cuerno de la abundancia y la ilusión comienza a agotarse. El piqueterismo descontento se enfrenta así al piqueterismo oficial, e incluso dentro del oficialismo se producen fuertes tensiones con aquellos aliados que solo vendieron condicionalmente su apoyo. La movilización militante está siempre allí, presente o amenazante, y el kirchnerato está hoy cosechando los frutos de su propia siembra: es el momento de la desilusión y la pedrada. Pero también de sacar el as que todo populismo siempre tiene escondido en la manga: la agitación nacionalista, prólogo ineludible de una escalada autoritaria.

En suma, la Presidenta, y con ella la Argentina, está en su momento más peligroso. Aquel donde el poder sin contrapeso y tanta alabanza de tanto acólito obsecuente tienden a crear una ceguera letal para los gobernantes. A su vez, la oposición padece, con pocas excepciones, de una mezcla de anemia y servilismo que es notable, lo que puede incrementar aún más la tendencia natural a la ceguera y la soberbia de un gobernante tan poderoso. Si se sigue por este camino, el ejercicio del poder puede transformarse en un soliloquio que invita a un uso cada vez más antojadizo y autocrático del mismo.

En gran medida, la suerte final del kirchnerato dependerá, como siempre en la Argentina, de la fortuna de las exportaciones. El flujo de recursos generado por los bienes exportables es su oxígeno vital, pero también su talón de Aquiles. Tal como pasó con el nacionalismo de Perón en su momento y, en general, con las políticas de desarrollo “hacia adentro”, la dependencia del sector exportador se ha incrementado y con ello la vulnerabilidad de una economía nacional que tiende a encerrarse dentro de sus fronteras pero que, al mismo tiempo, necesita cada vez más de todas aquellas importaciones que no puede –ni nunca podrá sin condenar a la Argentina a aquella miseria absoluta que solo la autarquía puede producir– reemplazar.

En suma, la Argentina está, económicamente, volviendo a aquel  camino –aquella economía semicerrada y altamente vulnerable a los shocks externos– que terminó hundiéndola a comienzos de los años 80 del siglo pasado. A ello debe sumársele un agudo recrudecimiento de todos aquellos males endémicos asociados al caudillismo, la “mala política”, la corrupción y la “viveza criolla”.

Tal vez, todo esto pueda parecer extraordinariamente sorprendente para quienes visitan la Argentina y algo se han enterado de los avatares de la historia del país, en especial si provienen de pueblos que algo parecen haber aprendido de su propia historia. Pero estos visitantes se sorprenden únicamente porque no saben que han llegado a un país asombroso donde nada se olvida ni nada se aprende.