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Mario Vargas Llosa en Caracas por el 30 Aniversario de CEDICE

“Los estudiantes venezolanos están desarrollando una magnifica labor en favor de la democracia, de la libertad política, la libertad individual y económica. Me solidarizo con ellos (...) Pocas veces me he emocionado tanto como cuando los estudiantes me entregaron la franela del movimiento estudiantil y la bandera de Venezuela".

 

Si alguna vez ha sido cierta la frase "un conferenciante que no necesita presentación" es ésta. A Mario Vargas Llosa lo conocen en el mundo entero como un extraordinario escritor, hoy tal vez el más importante de nuestra lengua.

Hace unas semanas, como todos sabemos, recibió el Premio Nobel de literatura por el conjunto de su obra literaria. El galardón coincidió con la aparición de su novela El sueño del celta, una narración apasionante sobre un personaje contradictorio que merecía este gran libro, pero, en realidad, premiaban al autor de un sinnúmero de obras: La ciudad y los perros, Conversación en la catedral, La tía Julia y el escribidor, La Guerra del fin del mundo, La fiesta del chivo y tantas otras novelas publicadas en casi todas las lenguas importantes del mundo.

¿Quién es, realmente, Mario Vargas Llosa? Sería inútil que yo dedicara esta breve presentación a detallar la vida y la obra del autor. Con mucha más autoridad lo ha hecho el propio novelista peruano en su magnífico discurso de aceptación del premio Nobel.

Les recomiendo a todos los que están en este salón que se asomen a Internet, localicen el texto y dediquen media hora a una lectura deliciosa. Yo voy a limitarme a hacer una pequeña disección de esa conferencia porque ahí están algunas de las claves principales de la personalidad de este escritor.

Hace unos años, en Lima, en un congreso universitario dedicado a estudiar la vida y la obra de Vargas Llosa, me aventuré a afirmar que estábamos en presencia del último representante de la Ilustración, pero ahora quiero centrar mis observaciones en las propias palabras del autor, para tratar de llegar a su estructura psicológica, a los valores que lo mueven, a los compromisos a los que se siente atado.

Su discurso de aceptación del Nobel, pronunciado el 7 diciembre 2010, se titula Elogio de la lectura y la ficción, pero contiene mucho más de lo que dice esta breve descripción.

La primera observación, es que un autor que recibe el Premio Nobel sabe que el texto que leerá en Estocolmo será el documento más divulgado de toda su obra, especialmente ahora, cuando Internet y las páginas web garantizan una especie de inmortalidad virtual que persistirá mientras esté vigente el servidor que mantiene vivos sus contenidos.

El escritor laureado puede dedicar ese discurso magistral a una disquisición vaga, o a otro trabajo de carácter académico, porque no hay un modelo predeterminado, pero también puede elegir ese momento para sintetizar lo que han sido su vida, su obra, sus fobias y sus filias, y las razones que lo impulsaron a trabajar arduamente en la creación de su corpus literario. Mario eligió esto último. Hizo una síntesis de cómo se ha desempeñado intensamente, como diría César Pavese, en el no siempre fácil “oficio de vivir”.

El primer rasgo de su carácter, a juzgar por este texto, es la gratitud. Quiere darles las gracias a todas las personas que le hicieron bien en su vida. Los familiares y amigos a los que les debe algún grado de felicidad experimentado en la niñez y adolescencia.

Eso parece sencillo y natural, pero no suele serlo. La gratitud es uno de los sentimientos más confusos. Agradecerle algo a alguien es colocar a esa persona en una jerarquía muy especial, y como el bicho humano tiende a defender su autoestima a dentelladas, suele ser frecuente el olvido de quienes nos han hecho bien.

Vargas Llosa no es de esas personas. Sospecho que disfruta agradeciéndole su buen gesto a quien lo ha favorecido. Otro dato notable es su humildad. Como creo conocerlo, sé que escuchar estas palabras le resulta incómodo. Quien puede ser un fiero polemista, no sabe cómo defenderse de los elogios, y esa humildad la demuestra en el reconocimiento de la enorme deuda intelectual que tiene con autores que contribuyeron a su formación como escritor.

Comienza por Flaubert y luego menciona a una buena docena de grandes escritores y pensadores, algunos de ellos, por cierto, de menor calado que él mismo. No compite con estos autores: por el contrario, admite que sin esas influencias no hubiera podido realizar su obra. Con sus contemporáneos es generoso. Los menciona y alaba aún cuando no tiene una buena relación personal con algunos de ellos, pero no cae en la mezquina tentación de ningunearlos para tomarse una pequeña venganza. Los incorpora el texto y les rinde homenaje.

La literatura, la buena literatura, está más allá de las rencillas o de los celos: Vargas Llosa jamás le ha escatimado un elogio a quien cree que lo merece. Puede admirar intelectualmente incluso a aquellos a los que detesta en el terreno humano o político. Sin embargo, esa honrada administración de sus juicios morales lo lleva también en la otra dirección: critica todo aquello que le parece censurable sin calcular los perjuicios que esto pudiera acarrearle.

Durante muchos años se dijo, y probablemente era verdad, que su postura frontal contra todas las dictaduras, incluyendo las de izquierda, que suelen tener buena prensa y celosos defensores, impedía que la Academia sueca le otorgara el Premio Nobel.

Ese argumento no consiguió callarlo. Entre sus intereses y sus ideales, Vargas Llosa siempre escogió sus ideales. En el discurso de Estocolmo le dedicó una fuerte crítica a la dictadura cubana, a la mala imitación venezolana y a las democracias payasas del continente, Bolivia y Nicaragua.

Aprovechó la ocasión, sabedor de que todas las miradas del mundo estaban sobre él, para solidarizarse con las Damas de Blanco cubanas, con los resistentes venezolanos, con la birmana Aung San Suu Kyi y con el chino Liu Xiaobo, estos dos últimos Premios Nobel de la Paz, detenidos o presos en sus respectivos países. Les prestó su voz a quienes no podían hablar.

Para él, la recepción del Nobel era también otra oportunidad de ser útil y mostrar su apoyo irrestricto a las víctimas de las tiranías, aunque ello tuviera cierto costo político, porque los voceros de estos gobiernos no tardaron en atacarlo.

Otro asunto, medular entre las preocupaciones de Vargas Llosa, al que le dedica varios párrafos, es el tema de la identidad y el nacionalismo. Como buen liberal, sospecha de ciertas oscuras pulsiones tribales presentes en las peores manifestaciones nacionalistas, ésas que emanan del odio a quien es diferente.

Prefiere el vínculo racional que une a las personas en torno a las ideas y las leyes. Sabe que el verdadero patriotismo es el de los que aman respetan al prójimo. Su verdadera patria es la libertad, no el trozo de tierra en el que vive o ha nacido. Su propia vida, además, como peruano y como ciudadano del mundo, le ha enseñado que no tiene sentido querer o rechazar al prójimo por la etnia a la que pertenece, por el idioma que habla o por el dios al que reza. La naturaleza humana trasciende esos aspectos adjetivos.

Por último, uno de los fragmentos más emotivos del discurso es el dedicado a Patricia, su mujer de varias décadas, a quien amorosamente le asigna la responsabilidad de haberle facilitado la posibilidad de dedicarse a la literatura, porque sin ella no hubiera podido ser nadie ni hacer su obra, y a sus hijos Álvaro, Gonzalo y Morgana, tres jóvenes muy diferentes entre ellos en lo tocante a la vocación, pero muy parecidos a sus padres en el talento y en la permanente solidaridad con los perseguidos y las víctimas.

Fue un acto de justicia, pero también revela que el escritor ha sabido ser un buen padre de familia, rol que a veces los intelectuales, grandes egoístas, no logran desempeñar conjuntamente con el de creadores, porque están demasiado ensimismados en su obra y olvidan las responsabilidades familiares, como demuestra Paul Johnson en su libro Intelectuales sobre la vida íntima de grandes escritores y pensadores.

Hoy Mario Vargas Llosa nos va a hablar de temas latinoamericanos muy trascendentes. Yo he querido dedicar mi presentación a tratar de descubrirles quién es este famoso personaje a partir de sus propias palabras.